Daniela Soto Daniela Soto

envidia

Me consume la envidia por quienes maternan desde la ingenuidad de los deseos que se cumplen sin contratiempo, desde la ligereza de un embarazo con mínimos sustos.

Pero si verdaderamente existiera una madre así, y pudiera ver desde dentro mi camino, quizás podría envidiarme de vuelta. Envidiar cómo cada muerte me demuele y me rompe las máscaras de ego. Que se le hacen hoyos a mi vida por donde pasa la luz. Que no ha quedado de otra que dejar que el dolor me arrastre y lo vuelva todo transparente. Que en esta transparencia no he podido ocultarme más. Y desde aquí veo a través de mí misma y de ti.

Que me he quedado sin fuerzas para cargar el fardo que otros me encargaron y lo he perdido en algún lugar de este desolado camino. Me he quedado sola en la oscuridad y he tenido que responderme a mí misma las preguntas que siempre hice a otros. Que sé que mi naturaleza es sanar, que soy mi santuario y mi medicina.

Quizás envidiaría que cada vez que mi sueño se rompe, me muero y tengo que morirme, pero no tienen que renacer conmigo mis partes sofocantes. Que me duele lo que me duele. Que conozco a diosa como sólo la conoce quien conoce el lugar sin diosa. Que he abrazado más allá del miedo el helado cuerpo incorpóreo de la muerte.

Que conozco profundidades que son el abismo del fondo de otras. Conozco desde la desesperación absoluta mis peores potenciales y puedo verme en cada asesina, psicópata, desahuciada y suicida. Que en el dolor no nos separa nada, mi herida las es todas y está contenida en cada una.

Que puedo sostener mis fealdades más turbadoras sin cerrar el corazón o apretar el vientre. Que chapoteo y empiezo a flotar en aguas profundas ante las que otras tiritan o se ahogan. Nado cada vez mejor el oceáno de lágrimas y la mujer que emerge es siempre otra que la que se zambulle. Que el cauce que sigo es el de mi llanto insaciable.

Podría anhelar mi deseo de maternar porque ha sido limpiado forzosamente de toda sombra de duda, de todo dar por hecho, de toda vergüenza, influencia y sumisión. Que valoro la vida en la entraña como antes pretendía hacer desde el intelecto. Que conozco el potencial pirómano de mi enojo y llevo su lumbre en las tinieblas más densas. Que desde él planto los pies y digo “NO”. Que en él se calcinan esperanzas, expectativas, ideales y exigencias que estorban.

Que esta furia inflama mi cuerpo para que al fin ocupe todo el espacio necesario. Un cuerpo sin pudor, con una belleza cruda y encandiladora, con la inteligencia de las rocas, con la vulnerabilidad como único escudo. Un cuerpo que se desarma y necesita dejarse sostener, una ser que se desestructura, derrumba y levanta distinta.

Probablemente envidiaría que soy invencible porque he abandonado el concepto de victoria. Que el mundo crece porque he atravesado lo inatravesable y lo he vuelto a atravesar. Que el mundo es más porque lo habitan mis hijxs intangibles.

Que cada día que te espero soy una mejor mamá y una mejor mujer.

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Daniela Soto Daniela Soto

horizontes del dolor/inmersiones en la fealdad

Estoy devastada. No puedo sentir los bordes de mi cuerpo, se dilatan y contraen con cada pulsación de pena y son cada vez más difusos. Los horizontes del dolor siguen expandiéndose. Camino hacia el laboratorio, pero no necesito un ultrasonido para saber que no vas a nacer. Lo sé en este cuerpo que sangra. Inhalo cuatro cuentas, sostengo siete, exhalo ocho. Me aferro a las cuentas procurando no desplomarme sobre la banqueta. Se desarman los huesos de mi cuerpo, necesito caerme, caer y seguir cayendo, dejarme tragar por el abismo de tu pérdida. Conocer las profundidades vagas de este hoyo nuevo que se abre en mi paisaje.

Me aferraba a la esperanza de que perderte, Luci, fuera una ampliación sobre el agujero que dejó tu hermano antes que tú, ahora sé que mi mundo tendrá siempre al menos dos enormes vacíos. Cuando lo perdí a él quise flotar, mantenerme cerca de la orilla conforme me azotaban las olas de un dolor asfixiante y sin referentes. Entonces el hueco empezó a deslavar los bordes de mi vida, la mar empezó a tragarse a sí misma. Se socavaron mis hábitos, mis relaciones, mi trabajo, mi identidad. Pronto no hubo fondo que me sostuviera ni orilla a la vista.

Esta vez me desarmo como el Castillo Vagabundo de Howl, abandonando los pedazos conforme caen. He aprendido que un duelo no puede rodearse, sólo atravesarse, y que intentar no romperme es como abrazar una granada suelta. La evasión del dolor es un sufrimiento lento para el que no me quedan fuerzas. Esta vez me sumerjo voluntariamente con el valor que encararlos a ustedes y a mí misma me ha dado.

En mis profundidades nadan monstruas horrendas, se asoman por todos los huecos de mi vida, especialmente cuando aflojo las amarras del hábito y la racionalidad. He pensado por años en esto que entreveo, en como he pretendido cerrarle los huecos, llenar los silencios como quien canta frente a un cementerio porque tiene miedo (como Emily Dickinson), ocultar sus apariciones con risas, placeres y otras “bellezas”, vadear mis depresiones sin ahondar en ellas.

Estoy cansada de esta huida, harta de temer al miedo, consciente de huir de mí misma al revés que una perra persiguiéndose la cola. Quiero encarar, quiero abrir los ojos en la oscuridad, quiero aceptar mis reflejos, quiero recuperar mis fealdades como parte mía. Quiero acercarme a ellas como una se acerca a un animal salvaje y herido. Quiero mirarlas, sosteneralas, hermanarme con ellas al fin.

“The flight from ugliness reveals an unwillingness to confront reality.” Mark W. Roche

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Daniela Soto Daniela Soto

el abismo

la única cosa que puede mantenerse encendida en este lugar es furia

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